La cafetería estaba llena de gente pero él era fácil de encontrar.
Hablaba con grandes aspavientos, movía las manos dando manotazos en el aire y abría tanto la boca que parecía una actriz porno. Juraba aquella máxima de “Cada uno se forja su futuro día a día” mientras miraba al rededor, contando mentalmente, cuánta gente le había oído lanzar aquella verdad apabullante.
El discurso, manido de tanto uso, de tanto contárselo a sí mismo, se volvió una mentira cotidiana dentro de un gran vacío de sinceridad.
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